EL CRIMEN DE LA MISERIA

por Henry George
Conferencia pronunciada en el Teatro de la Opera, de Burlington, Iowa, el 1.° de abril de 1885, bajo los auspicios de la «Burlington Assembly», núm. 3.135, Caballeros del Trabajo.

Me propongo hablaros esta noche del Crimen de la Miseria. No puedo esperar convenceros de mucho en poco tiempo, pero os demostraré que la miseria es un crimen. No digo que sea un crimen el ser pobre. Asesinar es un crimen, pero no es un crimen ser asesinado, y al hombre que está en la miseria no lo considero tanto como un criminal, cuanto como víctima del crimen de que otros, acaso lo mismo que él, son responsables. Que la miseria es un mal, el más acerbo de los males, todos lo sabemos. Carlyle tenia razón al decir que el infierno que más espanta a los ingleses es el infierno de la miseria, y esto es verdad no sólo de los ingle­ses, sino de los pobladores de todo el mundo civilizado, sea cual fuere su nacionalidad. Por escapar a este infierno force­jeamos, disputamos y luchamos, y con frecuencia, por una ciega costumbre, trabajamos mucho tiempo después que la necesidad de trabajar ha desaparecido.

El mal derivado de la miseria no se limita a los pobres únicamente; circula al través de todas las clases, aun de las muy ricas. Estas padecen también; deben padecer, porque no puede haber en una sociedad padecimiento del cual pueda escaparse totalmente clase alguna. El vicio, el crimen, la ignorancia, la abyección, nacen de la miseria, veneno por decirlo así del aire mismo que ricos y pobres juntamente respiran.

Paseando esta mañana por una de vuestras calles vi tres hombres que caminaban con las manos esposadas. Tuve por cierto que aquellos hombres no eran ricos; y aunque ignoraba el delito por que eran conducidos presos al través de vuestras calles, creo que puedo decir con seguridad que, si investigáis, encontraréis que, por uno U otro camino, proviene de la miseria. Nueve décimas de la humana desgracia, lo en­contraréis si lo buscáis. son debidas a la miseria. Si un hombre prefiere la miseria, no comete un crimen siendo pobre. mientras su pobreza no daña a nadie más que a él. Si otros dependen de él; si tiene mujer e hijos a quienes debe sustentar, y elige voluntariamente la pobreza, comete un crimen–y creo que en la mayoría de los casos los hombres que no tienen que mantenerse sino a sí propios, son hombres que eluden sus deberes.–Para cada hombre viene al mundo una mujer; y por cada hombre que vive solitariamente, cuidándose tan sólo de sí propio. hay alguna mujer que está privada de su natural sustentador. Pero mientras un hombre que elige la pobreza no puede ser acusado de crimen, ciertamente es un crimen forzar a la pobreza a otros. Y me parece claro que la gran mayoría de aquellos que padecen miseria son pobres no por su faltas particulares sino a causa de las condiciones impuestas por la sociedad en su conjunto. Por consiguiente, sostengo que la miseria es un crimen; no un crimen individual, sino un crimen social; un crimen del que todos. pobres y ricos, son responsables.

Hace dos o tres semanas, fui un domingo por la tarde a la iglesia de un famoso predicador de Brooklyn. Mr. Sankey estaba predicando y algo como un ambiente de restauración flotaba allí. El sacerdote contó algunas anécdotas relacionadas con esa renovación y expuso alguna de las razones por las que los hombres dejan de hacerse cristianos. Uno de los casos por él mencionados me impresionó. Dijo que había observado en las vecindades de la reunión, noche Iras noche, a un hombre que escuchaba atentamente y que gradualmente se aproximaba. Una nochedijo el sacerdoteme acerqué a él y le dije: «Hermano, ¿no estáis dispuesto a ser cristiano? El hombre dijo que no. No lo dijo en tono insolente, sino con acento apenado. El sacerdote le preguntó si era porque no creía en las verdades que estaba escuchando. «Sí, creo en todas. «¿Por qué, pues, no quiere hacerse cristiano? «Porque, dijo, no puedo ingresar en la Iglesia sin abandonar mis negocios, y éstos me son necesarios para mantener a mi mujer y mis hijos. Si los abandono no sé cómo podré andar por el mundo. He pasado muy malos tiempos antes de emprender mis negocios actuales y no puedo salir adelante si los abandono. Sin embargo, no puedo hacerme cristiano sin prescindir de ellos». El sacerdote le preguntó: «¿Es usted tabernero? No, no era tabernero. Pues, dijo el sacerdote, no comprendo lo que pueda ser este hombre en el mundo; le parecía que sólo un tabernero podía ser hombre a quien sus negocios le impidieran hacerse cristiano; y finalmente, le dijo: «¿Cuál es vuestro negocio? El hombre, le dijo: «Vendo jabón». «¡Jabón!», exclamó el sacerdote, «¿vende usted jabón? ¿Y por qué le impide esto ser cristiano?» «Pues, dijo el hombre, por esto: el jabón que yo vendo es uno de esos jabones patentados de los que se ha anunciado profusamente que sirven para quitar las manchas del paño rápidamente sin contener substancia alguna dañosa. Cada pastilla de jabón que yo vendo va envuelta en un papel en el que se dice que no contiene materias químicas perjudiciales, cuando la verdad es que las tiene y que, aunque quita las manchas del paño rápidamente si se quiere, en poco tiempo lo estropea por completo. Tengo que ganarme la vida de esta manera; y siento que no puedo ser cristiano si vendo este jabón». El sacerdote siguió relatando cómo había trabajado infructuosamente cerca de este hombre. y terminó diciendo: «Él se aferró a su jabón y perdió su alma.»

Pero si este hombre perdió su alma ¿de quién es la culpa? ¿De quién es la culpa de que las condiciones sociales sean tales que estos hombres se encuentren ante el terrible dilema de elegir entre lo que su conciencia les dice que es justo y la necesidad de ganarse la vida? Sostengo que es culpa de la sociedad; que es culpa de todos nosotros. La peste es un mal. El hombre que trajera el cólera a esta comarca. el hombre que pudiendo evitar que viniese no hiciera esfuerzo alguno para impedirlo. sería culpable de un crimen. La mise­ria es peor que el cólera; la miseria mata más gente que una epidemia; aun en los tiempos mejores, mirad las estadísticas de mortalidad de nuestras ciudades; ved quienes mueren más rápidamente; ved dónde mueren los niños como moscas: en los barrios más pobres. Y el hombre que mira con ojos indiferentes estos estragos de la epidemia; el hombre que no se consagra a combatirla y extirparla es. digo, culpable del crimen.

Si la miseria es decretada por el Poder que está encima de todos nosotros, entonces no es un crimen; pero si la pobreza no es fatal, entonces es un crimen del que la sociedad es responsable y por el que la sociedad debe padecer.

Sostengo y creo que nadie que mire a los hechos puede dejar de ver que la miseria es totalmente innecesaria. No es por un decreto del Todopoderoso, sino por nuestra injusticia. egoísmo e ignorancia, por lo que este azote, peor que una epidemia. devasta nuestra civilización, acarreando hambre y padecimientos y degradación, destruyendo lo mismo las almas que los cuerpos. Contemplad el mundo en este día jubiloso de la civilización del siglo XIX. En todo país civilizado bajo el sol encontraréis hombres y mujeres cuya condición es peor que la del salvaje; hombres, mujeres y pequeñuelos con quienes el salvaje mismo no querría cambiarse. Aun en esta nueva ciudad nuestra. con un suelo virgen en torno. habéis tenido que fundar este invierno una sociedad de socorros. Vuestros caminos se han llenado de vagabundos; cincuenta, he oído decir que buscaron a la vez asilo aquí en la cárcel. Como aquí, en todas partes, y la miseria es más honda donde la riqueza es más abundante.

¿Qué cosa más antinatural que ésta? Nada hay en la Naturaleza semejante a esta miseria que hoy nos aflige. Vemos en la Naturaleza la rapiña; vemos unas especies destruyendo a otras; pero por regla general los animales no se comen a los de su propia especie; y donde quiera que vemos a una especie disfrutando abundancia, todos los individuos de esa especie participan de ella. Ningún hombre, creo, ha visto una manada de búfalos de los cuales unos pocos estuvieran gordos y la gran mayoría escuálidos. Ningún hombre ha visto jamás una bandada de pájaros. de los cuales dos o tres rezumaran grasa y los otros estuvieran en la piel y los huesos. Ni en la vida salvaje hay nada semejante a esta miseria que gangrena nuestra civilización.

En un primitivo estado de la sociedad hay épocas de hambre, períodos en los que el pueblo fenece; pero estos son períodos en que la tierra ha rehusado dar su cosecha, en que la lluvia no ha caído del cielo o en que la tierra ha sido asolada por cualquier enemigo, no cuando hay abundancia. y la singular característica de esta moderna miseria nuestra es que es más intensa donde la riqueza es más abundante.

Porque hoy, cuando sobre el mundo civilizado hay tanta calamidad, tanta necesidad, ¿cuál es el grito que se alza? ¿Cuál es la explicación corriente de los malos tiempos? ¡Sobreproducción! Hay tantos trajes que los hombres tienen que ir harapientos; tanto carbón que, en los inviernos crudos, la gente tiene que tiritar; los graneros se desbordan de tal modo que el pueblo actualmente perece de inanición. ¡La escasez debida a la superproducción! ¿Se ha dicho jamás absurdo más grande? ¿Cómo puede haber superproducción hasta que todos tengan bastante? No es sobreproducción, es injusta distribución.

¡La miseria necesaria! ¡Cómo! Pensad en los poderes enormes latentes en el humano cerebro. Pensad cómo 105 inventos nos permiten hacer con la fuerza de un hombre lo que no hace mucho tiempo no podía hacerse con la fuerza de miles. Pensad que en Inglaterra únicamente la maquinaria de vapor en trabajo desarrolla, según se dice, una fuerza productiva mayor que la fuerza física de la población de todo el mundo, aunque todos fueran adultos. Y, sin embargo, sólo estamos comenzando a inventar y descubrir. No hemos utilizado todavía todo lo que ya ha sido inventado y descu­bierto. Y mirad los poderes de la tierra. Apenas han sido tocados. En cualquier dirección que miremos, nuevos recursos parecen ofrecerse. La aptitud del hombre para producir riqueza parece casi infinita, no vemos su límite. Mirad la fuerza que está fluyendo por vuestra ciudad con la corriente del Missisipi, que pudiera trabajar para vosotros. Así, en toda dirección, la energía que pudiéramos aprovechar se despilfarra; los recursos que pudiéramos obtener permane­cen intactos. Y 1 sin embargo, los hombres se afanan y luchan para satisfacer meramente sus necesidades animales; las mujeres están trabajando, trabajando, trabajando hasta ago­tar sus vidas, y con bastante frecuencia caen en la desesperación por esta ruda lucha hasta perder todo lo que constituye el encanto femenino.

Si los animales razonaran, ¿qué deberían pensar de nosotros? Mirad uno de esos grandes vapores surcando el Atlántico contra el viento, contra las olas, absolutamente dispuesto a desafiar el supremo poder de los elementos. Si las gaviotas que se refugian sobre él fueran seres racionales ¿imaginarían que el animal capaz de una construcción como aquélla podría padecer actualmente necesidad por falta de alimento? Sin embargo, así es. ¿Cuántos, aun de aquellos de nosotros que encuentran la vida muy fácil, son los que realmente viven una vida racional? Pensad en ello–los que creéis que sólo hay una vida para el hombre–, ¿no será un loco, por lo menos, el hombre para pasar su vida en esta lucha meramente por vivir? Y los que creéis, como yo creo, que éste no es el fin del hombre, que esta es una vida que precede a otra vida, pensad cuántas nueve décimas ¡ay! no sé si noventa y nueve milésimas, de nuestros poderes vitales se despilfarran en el mero esfuerzo para ganarse la vida o en reunir lo que no podemos en manera alguna llevarnos. Tomad la vida del término medio de los trabajadores. ¿Es ésta la vida para la que el cerebro humano fue destinado y el corazón humano fue hecho? Mirad las fábricas desparramadas por nuestro territorio. Son poco mejores que presidios.

He leído en los periódicos de Nueva York, hace algún tiempo, que las muchachas de la fábrica de Yonkers se ha­bían sublevado. Los periódicos decían que ignoraban por qué las muchachas se habían sublevado e insinuaban que debía ser solamente por el gusto de sublevarse. Después vino lo que las muchachas decían y se vió que se habían sublevado contra las reglas en vigor. Eran multadas si hablaba una con otra y multadas aún más pesadamente si se reían. Tenían una fuerte multa por un minuto de retraso. Visité en Filadelfia a una señora que había sido inspectora en varias fábricas y le pregunté: «¿Es posible que se apliquen tales reglas?» Me dijo que así ocurría en Filadelfia. Hay una multa por hablar con el vecino. una multa por reír; y me dijo que las muchachas en uno de los sitios donde estuvo empleada eran multadas con diez centavos por cada minuto de retraso, aunque muchas de ellas tenían que andar O1illas con las borrascas del invierno. Me dijo que una pobre muchacha trabajó realmente mucho una semana y ganó tres dollars y medio; pero las multas fueron cinco dollars y 25 centavos. Esto parece ridículo: es ridículo, pero es triste y vergonzoso.

Pero considerad el caso, aun de aquellos que están comparativamente independientes y bien. He aquí un hombre que trabaja hora tras hora, día tras día. semana tras semana, haciendo una cosa una y otra vez. Y ¿para qué? Sólo para vivir. Trabaja diez horas al día para dormir ocho y tener dos o tres para sí propio cuando está reventado y todas sus facultades exhaustas. Esta no es una vida racional; esta no es una vida para un ser que posee las facultades del hombre, y yo creo que todo hombre tiene que sentirlo en sí mismo. Recuerdo que cuando fuí por primera vez a mi trabajo comprendí que era increíble que un hombre hubiese sido creado para trabajar durante todo el día sólo por vivir. Acostumbraba a leer el Scientific American, y como en él se anunciaba invento tras invento, solía pensar que cuando llegase a ser un hombre no sería necesario trabajar tan rudamente; pero, por lo contrario, la lucha por la existencia ha venido a ser más y más intensa. Quienes pretenden probar lo contra­rio presentan copiosas estadísticas para demostrar que la condición de las clases trabajadoras va mejorando. Mejora que tenéis que descubrir al través del microscopio estadístico no vale nada. Pero no hay mejora.

¡Mejora! Pues conforme a la última publicación de la Ofi­cina de estadística del trabajo de Michigán que leía yo ayer en un periódico del Estrecho, tomando todos los trabajos, incluyendo algunos de muy altos precios, en los que los salarios son de 6 a 7 dollars al día, el tipo medio de las retribuciones asciende a 1,77 Y restando el tiempo perdido a 1,40. Pues bien, cuando consideréis cómo un hombre puede vivir y mantener una familia con 1,40 al día, aun en Michigán, creo que no podréis deducir que las clases trabajadoras hayan mejorado mucho.

He aquí un hecho general, clarísimo, que ha sido afirmado por todos aquellos que han investigado en la materia, como Hallam, el historiador, y el profesor Thorold Rogers, que ha hecho un estudio de los precios de hace cinco centurias. Cuando todas las artes productoras estaban en su más pri­mitivo estado, cuando no había sido introducido el más pro­lífico de nuestros modernos vegetales, cuando los rebaños eran pequeños y pobres, cuando apenas existían caminos y los transportes eran excesivamente difíciles, cuando todas las manufacturas se hacían a mano, en esos rudos tiempos la condición de los trabajadores de Inglaterra era mucho mejor que hoy. En esos rudos tiempos ningún hombre temía a la miseria, salvo cuando llegaba un período de escasez y, a causa de las dificultades del transporte, la abundancia de un distrito no podía remediar la penuria de otro. Salvo en esos tiempos, ningún hombre tenía que temer a la miseria, El pauperismo tal como existe en los tiempos modernos era absolutamente desconocido. Todos, salvo el impedido físi­camente, podían ganarse la vida, y aun el más pobre vivía con rudimentaria abundancia. Pero quizás el hecho más asombroso sacado a luz por esta investigación es que en aquel tiempo, bajo aquellas condiciones, en aquellas «edades obscuras», como las llamamos. la jornada de trabajo era sólo de ocho horas. Mientras, con todos nuestros modernos inventos y progresos, nuestras clases trabajadoras se agitan y luchan en vano para conseguir la reducción de la jornada de trabajo a ocho horas.

¿Revelan progreso estos hechos? Pues, en el más rudo estado de la sociedad, en el más primitivo estado de las artes, el trabajo de un jornalero bastaba para subvenir a su vida y a la de aquellos que de él dependen. En médio de todos nuestros inventos hay grandes masas de hombres que no pueden hacer esto. ¿Cuál es el más asombró hecho de nuestra civilización? Pues, lo que más asombró a aquellos jefes «sioux» que recientemente fueron traídos del lejano Oeste y llevados a visitar nuestras ciudades fabriles del Este, fué, no los maravillosos inventos que permiten a la maquinaria actuar casi como si fuera inteligente; no el desarrollo de nuestras ciudades; no la rapidez con que se mueve el ferrocarril; no el telégrafo o el teléfono; lo que más les sorprendió fué el hecho de que entre este maravilloso desarrollo del poder productivo encontraron pequeñuelos trabajando. ¡Asombro que debiera ser nuestro; lo más asombroso!

¡Hablar de la mejora en la condición de las clases trabaja­doras, cuando los hechos son que Una cada vez mayor pro­porción de mujeres y niños se ven obligados a trabajar! He oído que aun aquí, en nuestra propia ciudad, hay niños de trece y catorce años trabajando en las fábricas. En Detroit, conforme a la relación de la Oficina de estadística del traba­jo, de Michigán, la mitad de los niños de edad escolar no van a la escuela. En Nueva Jersey el report hecho para la Cámara describe un cuadro de miseria y de ignorancia que es acusador. Los niños crecen allí obligados a un monótono trabajo cuando debían estar jugando; niños que ignoran lo que es jugar; niños que han trabajado tanto tiempo que han quedado inútiles para él; niños creciendo en tal ignorancia que igno­ran dónde está Nueva Jersey, que jamás han oído hablar de Jorge Washington, que algunos de ellos piensan que Europa está en Nueva York; hechos como estos son acusadores; significan que los propios cimientos de la República están minados. El hombre peligroso no es el hombre que trata de excitar el descontento; el hombre nocivo es el hombre que dice que todo es como debe ser. Un estado de cosas como éste no puede continuar; tendencias como las que vemos operar aquí no pueden seguir sin acarrear al fin un estallido destructor.

Digo que toda esta miseria e ignorancia que de aquí fluye son innecesarias; digo que no hay ninguna razón natural por la que no podamos ser todos ricos, en el sentido, no de tener más que cualquier otro, sino de tener todos lo bastante para satisfacer completamente todas las necesidades físicas: de tener todos bastante para ganar una vida fácil, en la que se pueda desenvolver la mejor parte de la humanidad. No hay ninguna razón para que la riqueza no sea tan abundante que nadie tenga que pensar en cosa tal como que los niños pequeños trabajen o una mujer sea compelida a una tarea a que no la destinó la Naturaleza; riqueza tan abundante que no haya razón para ese miedo devastador que algunas veces paraliza aun a aquellos que no son considerados «pobres», el miedo que cada uno de nosotros probablemente ha sentido de que, si la enfermedad le hiriese o si desapareciese, aquellos a quienes ama más que a su propia vida quedarían a cargo de la caridad. «Mirad cómo crecen los lirios del campo; no trabajan ni hilan». Yo creo que en una comunidad verdaderamente cristiana, en una sociedad que honre no con los labios sino con las obras las doctrinas de Jesús, ninguno tendría ocasión de preocuparse por las necesidades físicas más de lo que se preocupan los lirios del campo. Hay bas­tante y de sobra. El daño está en que en esta lucha feroz arrojamos al barro aquello que ha sido suministrado sufi­cientemente para todos; lo arrojamos al lodo, mientras unos a otros nos destrozamos y desgarramos.

Hay una causa para esta pobreza; y si la buscáis encon­traréis su pista en una primera injusticia. Contemplad el mundo presente: miseria por todas partes. La causa debe ser común. No podéis atribuirla al Arancel o a la forma de Gobierno, o a esto o lo otro en que las naciones difieren; porque así como la profunda miseria es común a todas, la causa que la produce debe ser también una causa común. ¿Cuál es esta causa común? Hay una causa suficiente que es común a todas las naciones; y esta es la apropiación como propiedad de algunos de este elemento natural sobre el cual y del cual todos hemos de vivir.

Considerad el hecho de que os he hablado. El hecho acu­sador de que aun ahora es más difícil vivir que lo fué en las edades obscuras y primitivas de hace cinco centurias, ¿cómo os lo explicáis? No hay ninguna dificultad para encontrar la causa. Cualquiera que lea la historia de Inglaterra o la histo­ria de cualquiera otra nación civilizada (pero yo hablo de la historia de Inglaterra porque es la que mejor conocemos) verá la razón. Siglo tras siglo, un Parlamento compuesto de aristócratas y patronos dictó leyes procurando reducir los sala­rios, pero en vano. Los hombres no podían ser oprimidos con salarios que permitieran simplemente vivir; porque la genero­sidad de la Naturaleza no se había cerrado enteramente para ellos; porque algunos residuos del reconocimiento de la verdad de que todos los hombres tienen derechos iguales sobre la tierra existían aún; porque la tierra de aquella comarca entregada al dominio parlícular lo era sólo en arrendamiento derivado de la nación y por una renta pagable a la nación. Las tierras eclesiásticas sufragaban los gastos del culto público, el sostenimiento de los seminarios y el cuidado de los pobres; las tierras de la Corona subvenían a los gastos de la lista civil; y de una tercera porción de tierras, las tenidas bajo feudos militares, se costeaban los ejércitos. No había en Inglaterra en este tiempo Deuda nacional. Se mantuvieron guerras durante cientos de años, pero a expensas de los propietarios. Y lo que es más importante aún, subsistían en todas partes, y podéis ver en las ciudades de la vieja Inglaterra sus huellas hoy, las tierras comunes en las que todo el vecindario era libre. Cuando esas tierras fueron cerradas; cuando las tierras comunales fueron monopolizadas gradualmente, y las tierras eclesiásticas se convirtieron en presa de los insaciables cortesanos, y las tierras de la Corona fueron dadas en propiedad absoluta a los favoritos del Rey y los feudatarios militares defraudaron sus rentas y dejaron los gastos que habían convenido en pagar a cargo de la nación mediante los impuestos, que pesaron sobre la industria y sobre las ganancias, entonces fué cuando la pobreza comenzó a ahondarse y la emigración apareció en Inglaterra exactamente como hoy está apareciendo en nuestros nuevos Estados.

Ahora, pensad en ello: ¿es el monopolio de la tierra razón suficiente para la miseria? ¿Qué es el hombre? En primer término, es un animal, un animal terrestre que no puede vivir sin tierra. Todo lo que el hombre produce viene de la tierra, toda labor productiva consiste en último análisis en trabajo sobre la tierra. o sobre los materiales de ella extraídos, dándoles las formas acomodadas para la satisfacción de las necesidades y deseos humanos. ¡Si hasta el mismo cuerpo del hombre está sacado de la tierra! Hijos del suelo, venimos de la tierra y a la tierra volveremos. Quitad del hombre todo lo que pertenece a la tierra y ¿qué tendréis sino un espíritu incorpóreo? Por consiguiente, aquel que posee la tierra sobre la cual y de la cual otro hombre ha de vivir es el dueño de ese hombre y el hombre es su esclavo. El hombre que posee la tierra sobre la cual yo tengo que vivir puede mandarme vivir o morir exactamente lo mismo que si yo fuera su propiedad. Se habla de la abolición de la esclavitud; no hemos abolido la esclavitud; hemos abolido sólo una de sus formas rudimentarias, la esclavitud corporal. Hay una más profunda y más insidiosa forma, una forma más aborre­cible aún a nuestros ojos que abolir, en esta esclavitud indus­trial que hace al hombre un esclavo virtual mientras se le ridiculiza y se le escarnece con el nombre de libre. ¡Miseria! ¡Necesidad! Atormentarán tanto como el látigo. ¡Esclavitud! Dios sabe cuántos horrores hay en la esclavitud; pero hay horrores más profundos aún en nuestras ciudades civilizadas de hoy. Mala como era la esclavitud corporal no inducía a las madres esclavas a matar sus hijos, y, sin embargo, podéis leer en informes oficiales que el sistema de seguros de la infancia, que tan fuertemente ha arraigado en Inglaterra y que ahora se está extendiendo por nuestros Estados del Este, ha aumentado perceptible y ampliamente la proporción de la mortalidad de los niños. ¿Qué significa esto?

Robinsón Crusoe, como sabéis, cuando rescató a Viernes del poder de los caníbales hizo de él su esclavo. Viernes tuvo que servir a Crusoe. Pero, suponiendo que Crusoe hubiese dicho: «Oh, hombre y hermano, me alegro mucho de veros, y os doy la bienvenida en esta Isla; seréis un ciudadano libre e independiente con los mismos derechos que yo, salvo que esta Isla es mía, y como es natural, como yo puedo hacer lo que me plazca con mi propiedad, no podéis hacer uso de ella sin mi permiso». Viernes hubiera sido tan esclavo de Crusoe como si lo hubiera llamado así. Viernes no era un pez, no podía marcharse nadando al través del mar; no era un pájaro y no podía volar por el aire; para vivir, tenía que vivir en la Isla. Y si esta Isla era de Crusoe, Crusoe era dueño de su vida y de su muerte.

Un amigo mío, que opina como yo acerca de esta cuestión, hablaba hace algún tiempo con otro amigo mío, marino, pero que no prestaba mucha atención a la cuestión de la tierra. Nuestro amigo marino decía: «Sí, sí, el problema de la tierra es importante; yo admito que el problema de la tierra es muy importante; pero hay otros problemas importantes. Hay este problema y aquel problema y el otro problema; y hay el problema del dinero. El problema del dinero es muy importante; es más importante que el problema de la tierra. Déme a mí todo el dinero y puede usted tomar toda la tierra». Mi amigo dijo: «Bien, suponga usted que tiene todo el dinero del mundo y que yo tengo toda la tierra del mundo, ¿qué haría usted si yo le diera orden de abandonada?»

Sabéis que yo no creo que el común de los hombres se dé cuenta de lo que es la tierra. Conozco una niña que había ido a la escuela durante algún tiempo a estudiar Geografía y toda clase de cosas; y un día me dijo: «Hay algo que rodea la superficie de la tierra. Yo me pregunto cómo ver la superficie de la tierra». «Pues bien, le dije, mira él la superficie del corral. Esa es la superficie de la tierra». Replicó: «¿Esa es la superficie de la tierra? ¿Nuestro corral? Nunca lo habría creído». Este es el caso no sólo de mucha gente sino el de algunos reputados publicistas: Parecen pensar cuando hablo de la tierra que me refiero siempre a las granjas; que la cuestión de la tierra es una cuestión que se refiere exclusivamente a los labradores, como si la tierra no tuviera otro Uso que el de producir cosechas. Ahora bien. yo quisiera saber cómo puede un hombre ni siquiera publicar un periódico sin tener el uso de alguna tierra. Él pudiera volar y subir en un globo. pero no puede ir más allá sin tierra. ¿Qué es lo que sostiene al globo en el aire? la tierra; la superficie de la tierra. Que desaparezca la tierra y veréis lo que sucedería al globo. El aire que sostiene al globo es a su vez sostenido por la tierra. Y así ocurre con todo lo que el hombre puede hacer. Que un hombre esté trabajando a 3.000 metros bajo la super­ficie de la tierra o que esté trabajando en la cima de uno de esos inmensos edificios que tiene Nueva York. que cave en la tierra o navegue por el Océano. siempre está usando tierra.

¡Tierra! Porque si poseéis un pedazo de tierra ¿qué es lo que tenéis? Los abogados os dirían que es vuestro desde el centro de la tierra hasta el cielo; y, hasta donde llegan los humanos esfuerzos, lo hacéis efectivo; en Nueva York hay casas de 13 y 14 pisos. ¿Por qué es por lo que están pagando quienes viven en los pisos más altos? En ellos hay un amigo mío que tiene en uno su oficina y juzga que paga por el pie cúbico de aire. Bien, el hombre a quien pertenece la superficie del suelo tiene la renta del aire que hay sobre él y la tendría aunque la altura de las construcciones se midiera por millas.

Esta cuestión de la tierra es fa cuestión fundamental. El hombre es un animal terrestre. Imaginad que necesitáis construir una casa; ¿podéis construirla sin un lugar en que situarla? ¿Con qué se construye? Piedra o calo madera o hierro. todo viene de la tierra. Pensad en cualquier clase de riqueza que escojáis. en cualquiera de aquellas cosas por las que el hombre lucha. ¿de dónde vienen? De la tierra. Esta es la cuestión fundamental.

La cuestión de la tierra es simplemente el problema del trabajo, y cuando algunos hombres se apropian este ele­mento, del cual tiene que ser extraída toda la riqueza y sobre el cual todos tenemos que vivir, aquéllos tienen el poder de vivir sin trabajar y, por consiguiente, aquellos que trabajan ganan menos que lo que su trabajo produce.

¿Habéis pensado alguna vez en el hecho enteramente absurdo y extraño de que, en todo el mundo civilizado. las clases trabajadoras son las clases pobres? Id a cualquier ciudad del planeta, tomad un coche y decid al cochero que os lleve donde vive la clase trabajadora. No os llevará adonde están las casas hermosas; os llevará por el contrario por los barrios más sucios; los barrios más pobres. ¿Habéis pensado cuán curioso es esto? Pensad por un momento cuánto sorprendería esto a un ser racional que no hubiera estado nunca antes en la tierra, si tal inteligencia pudiera bajar y le fueseis explicando cómo vivimos en la tierra. cómo las casas, el alimento y los vestidos y las muchas cosas que necesitamos son producidas por el trabajo; ¿no pensaría que los trabajadores serían la gente que viviera en las más hermosas casas y que tuviera mayor número de cada una de las cosas que el trabajo produce? Y, sin embargo, le llevéis a Londres, a París, a Nueva York o a Burlington, encontraría que aquellos que se llaman clase obrera son los que viven en las casas más pobres.

Todo esto es extraño; pensad en ello. Nosotros, naturalmente despreciamos la pobreza; y es razonable que sea así. Yo no digo, lo rechazo expresamente, que la gente que es pobre lo sea siempre por su propia falta ni aun en la mayoría de los casos; pero debiera ser así. Si cualquiera hombre o mujer buenos, tuvieran el poder de crear un mundo, sería éste un mundo en el cual nadie sería pobre. a menos que fuese holgazán o vicioso. Pero así es precisamente este género de mundo en que estamos; así es precisamente la clase de mundo que el Creador ha hecho. La Naturaleza da al trabajo y al trabajo únicamente; tiene que haber trabajo humano antes de que sea producida ninguna clase de riqueza; y en un natural estado de cosas, el hombre que trabajase honradamente y bien sería el hombre rico, y el que no trabajase sería pobre. Hemos invertido el orden natural de tal manera, que estamos acostumbrados a concebir al trabajador como un hombre pobre.

Y si investigáis la razón de ello, creo que veréis que la causa primaria es que nosotros obligamos a aquellos que trabajan a pagar a otros por el permiso de hacerlo. Compráis un abrigo, un caballo, una casa; entonces pagáis al vendedor por el trabajo empleado, por algo que él ha producido o que ha recibido de aquel que lo produjo; pero cuando pagáis a un hombre por la tierra ¿por qué es por lo que estáis pagando? Le pagáis por algo que no ha producido; le pagáis por algo que estaba allí antes de que el hombre existiera, o por un valor que ha sido creado no por él individualmente, sino por la sociedad de que forma parte. ¿Cuál es la causa de que la tierra ésta donde nosotros estamos esta noche tenga ahora más precio que hace veinticinco años? ¿Cuál es la causa de que la tierra en el centro de Nueva York, que en un tiempo pudo ser comprada a razón de una milla por un jarro de whisky, valga ahora tanto que aunque la cubrierais con oro no alcanzaríais su valor? ¿No es a causa del incremento l de población? Quitad esta población y ¿qué sería del valor de la tierra? Considerad esto desde el punto de vista que os plazca.

Hablamos de la sobreproducción. ¿Cómo puede pensarse en sobreproducción mientras la gente siente necesidad? Todas esas cosas de las que se dice que hay sobreproducción son apetecidas por mucha gente. ¿Por qUé no las tienen? No las tienen porque carecen de medios para comprarlas; no porque no las necesiten. ¿Por qué carecen de medios para comprarlas? Ganan demasiado poco. Cuando grandes masas de hombres tienen que trabajar por un término medio de 1.40 dallar al día no es de extrañar que grandes cantidades de artículos no puedan ser vendidos.

Ahora bien, ¿por qué los hombres tienen que trabajar por tan bajos salarios? Porque si piden salarios más altos hay muchos hombres parados dispuestos a ocupar sus sitios. Esta masa de hombres parados es la que obliga a esta fiera competencia que baja los salarios hasta el nivel de una sub­sistencia mísera. ¿Por qué hay hombres que no pueden encontrar ocupación? ¿Habéis pensado, alguna vez cuán extraño es que hombres no puedan encontrar trabajo? Adam no tuvo dificultad para encontrar empleo ni lo tuvo Robinsón Crusoe; el encontrar trabajo fué lo último que pudo preocuparles.

Si los hombres no pueden encontrar quien les dé trabajo, ¿por qué no se emplean a sí propios? Sencillamente, porque han sido arrojados del único elemento sobre el cual puede emplearse el trabajo humano; los hombres son compelidos a competir entre sí por los salarios de Un patrono, a causa de que les han sido robadas las oportunidades naturales para emplearse a sí propios; porque no pueden encontrar un peda­zo del mundo, hechura de Dios, sobre el cual trabajar sin pagar a alguna criatura humana por el privilegio de hacerlo.

No quiero decir que aun después de reparada esta fundamental injusticia no hubiera muchas cosas que hacer; pero sí digo que nuestro régimen de la tierra está en los cimientos de todas las cuestiones sociales. Digo que, hagáis lo que queráis, reforméis lo que podáis. jamás os veréis libres de esa universal miseria mientras el elemento sobre el cual y del cual todos los hombres tienen que vivir sea propiedad privada de algunos hombres. Es enteramente imposible. Reformad Gobiernos, rebajad los impuestos hasta el mínimum, construid ferrocarriles. instituid almacenes cooperati­vos. dividid los provechos si os parece. entre patronos y obreros. ¿cuál sería el resultado? El resultado sería que la tierra aumentaría de valor; este sería el resultado y nada más que éste. La experiencia lo demuestra Todos los progresos, ¿no aumentan sencillamente el valor de la tierra. el precio que cada uno debe pagar a otros por el privilegio de vivir?

Meditad el asunto. Lo digo con todo respeto y simple­mente porque deseo imprimir en vuestros espíritus esta verdad: es totalmente imposible, mientras sus leyes sean las que son. que Dios mismo remediara la pobreza; enteramente imposible. Pensad en ello y lo veréis. Los hombres ruegan al Todopoderoso que remedie la miseria. Pero la miseria no viene de las leyes divinas; esto es una blasfemia del peor género; viene de la injusticia de los hombres para con sus semejantes. Suponed que el Todopoderoso oyera la súplica. ¿cómo podría atender la petición mientras sus leyes fueran lo que son hoy? Meditad: el Todopoderoso no nos da nada de lo que constituye la riqueza; meramente nos da la materia prima que el hombre ha de utilizar para producir la riqueza; ¿nos da bastante ahora? ¿Cómo podría Él remediar la miseria, aun cuando nos diese más? Suponiendo que en contestación a esos peticionarios aumentara el poder del sol o la fertilidad del suelo o hiciera las plantas más prolíficas o que los animales se reprodujeran más abundantemente. ¿quién recibiría el beneficio de esto? Tomad un país donde la tierra esté completamente monopolizada, como ocurre en la mayoría de las naciones civilizadas; ¿quién recibiría los beneficios? Únicamente los propietarios. Y aun si Dios, en contestación a la súplica, hiciera llover del cielo todas las cosas que el hombre necesita, ¿quién recibiría el beneficio?

En el Antiguo Testamento se lee que cuando los israelitas peregrinaron por el desierto padecieron hambre y que Dios hizo caer del cielo el maná. Era bastante para todos y todos tomaron y fueron socorridos. Pero. suponiendo que el de­sierto hubiera sido propiedad privada como lo es el suelo de la Gran Bretaña y aun el suelo de nuestros nuevos Estados, suponiendo que uno de los israelitas tuviera una milla cua­drada y otro veinte millas cuadradas y otro cien millas cua­dradas y la gran mayoría de los israelitas no hubiera tenido que llamar suyo ni siquiera lo bastante para poner la suela de sus zapatos, ¿qué hubiera sido del maná? ¿Qué beneficios hubiera dado a la niayoría? Ninguno. Aunque Dios hubiese. enviado maná bastante para todos, el maná hubiera sido propiedad de los propietarios de la tierra; éstos quizá hubieran empleado algunos de sus semejantes en recogerlo en montones y lo hubieran vendido a sus hermanos hambrientos. Suponedlo. La compra y venta del maná hubiera continuado hasta que la mayoría de los israelitas hubiesen dado cuanto tenían, hasta las ropas con que cubrían sus cuerpos. Y ¿en­tonces qué? Entonces no les hubiera quedado nada con que comprar el maná y la consecuencia hubiera sido que, mien­tras ellos sentían hambre. el maná hubiera permanecido en grandes montones y los propietarios de la tierra se hubiesen quejado de una superproducción de maná. Hubiera habido una gran cosecha de maná y gente hambrienta. Precisamente el fenómeno que estamos viendo hoy.

No puedo tratar todos los puntos que deseara, pero quiero llamar vuestra atención sobre el profundo absurdo de la propiedad privada de la tierra. Porque. considerad la idea de un hombre que vende la tierra, la tierra, nuestra madre común. Un hombre que vende lo que el hombre no produce, un hombre transmitiendo el título posesorio de una genera­ción a otra; ¿qué cosa hay más absurda en el mundo? ¿Habéis pensado en esto? ¿Qué derecho tiene un hombre muerto a la tierra? ¿Para quién fué creada esta tierra? Fué creada para los vivos, no ciertamente para los muertos. Pues bien, ahora nosotros la tratamos como si hubiese sido creada para los muertos. ¿De dónde vienen nuestros títulos sobre la tierra? Vienen de hombres cuya mayor parte han pasado y desaparecido. Aquí, en esta comarca nueva alcanzamos a ver un poco más próxima su fuente original; pero id a los Estados del Este y más allá del Atlántico. Allí podéis ver claramente el poder que viene de la propiedad territorial.

Como digo, el hombre que es dueño de la tierra es dueño de aquellos que deben vivir sobre ella. He aquí un mo­derno ejemplo. Aquellos a quienes es familiar la historia de la Iglesia escocesa saben que en sus comienzos hubo una disidencia en dicha iglesia. Los que han leído la obra de Hugh Miller sobre The Cruise of the Betsy saben algo de esto; y cómo muchos, inducidos por el Doctor Chalmers, se separaron de la iglesia oficial y dijeron que querían formar una iglesia libre. En la iglesia oficial había gran número de propietarios. Algunos de ellos, como el duque de Buccleuch, poseían millas y millas de tierra sobre la cual la generalidad de los escoceses no tenía derecho a poner sus pies sino con el permiso del duque de Buccleuch. Estos propietarios no sólo rehusaron a «fieles libres» permiso para tener terreno sobre el cual erigir una iglesia, sino que no les dejaron permanecer en sus territorios y rendir culto a Dios. Los que habéis leído The Cruise of the Betsy sabéis que esta es la historia de un clérigo que fué obligado a vivir en un bote sobre el mar bravío, porque no le permitían tener tierra bastante para vivir sobre ella. En muchos lugares la gente tenía que recibir la comunión con el agua hasta las rodillas; muchos hombres murieron por realizar sus prácticas religiosas I en los caminos bajo la lluvia y la nieve. No les estaba permitido penetrar en la tierra del señor propietario y rendir culto a Dios y tenían que hacerlo en los caminos. El duque de Buccleuch se mantuvo en esa actitud durante siete años, obligando a la gente a realizar sus prácticas religiosas sobre los caminos. hasta que finalmente, apiadándose un poco, les consintió hacerlo sobre un arenal; por lo que entonces elevaron un mensaje de gracias a S. E.

Pero no es esto lo que yo necesito deciros. Lo que me sorprendió fué este hecho significativo: tan pronto como ocurrió el rompimiento. la Iglesia Libre, compuesta de gran número de hombres aptos. envió inmediatamente a los propietarios una comisión pidiendo para los escoceses permiso para dar culto a Dios en Escocia y conforme a sus creencias. Esta comisión fué a Londres; tuvo que ir a Londres; a Inglaterra, para que se les permitiera a los escoceses rendir culto a Dios en Escocia. en su tierra nativa.

Pero no es esto lo más absurdo. En un sitio. después de que se les negó tierra en la que permanecer y rendir culto a Dios. el propietario murió, quedando su propiedad en manos de los albaceas, y la contestación de éstos fué que, por ellos, hubieran tenido mucho gusto en ceder un sitio para levantar una iglesia, pero que en conciencia no podían hacerlo porque sabían que tal resolución hubiera desagradado mucho al difunto Mr. Monaltiel. Ahora bien, este difunto había ido al cielo. esperémoslo; en todo caso. se había marchado de este mundo. y sin embargo. a menos de disgustarle. hombres aún vivos no podían rendir culto a Dios. ¿Es posible llevar el absurdo más lejos?

Podéis decir que esta gente escocesa es muy absurda. pero no lo son ni un ápice más que nosotros. Hace muy poco leí que algunos pescadores de Long Island habían pagado como renta por el privilegio de pescar allí cierta parte de lo que pescaban. Pagaban a causa de que creían que Jorge II, un hombre que murió hace siglos, un hombre que jamás puso sus pies en América, un rey que fué arrojado del Trono inglés. les había dicho que pagaran. y ellos designaron un comité que fué a la capital del condado. No encontraron nada encaminado a demostrar que Jorge II hubiese ordenado que ellos tuvieran que pagar a nadie parte de su pescado y por esto rehusaron pagar durante más tiempo. Pero si hubieran encontrado que Jorge II había dicho realmente que debían hacerlo, hubieran seguido pagando. ¿Puede haber algo más absurdo?

Hay en Nueva York un jardín–Stuyvesant Square–que  es cerrado a las seis de la tarde aun en las largas tardes de verano. ¿Por qué es cerrado? ¿Por qué hay niños a quienes no se les permite jugar allí? Pues, porque el viejo Mr. Stuyvesant, muerto y desaparecido no sé cuántos años hace, así lo quiso. ¿Puede haber algo más absurdo?

Y, sin embargo, esto no es más absurdo que lo son nuestros títulos de propiedad territorial. ¿De dónde vienen éstos? De muerto tras muerto. Imaginad que tomáis aquí el tren para ir a «Council Bluffs» o a Chicago. Encontráis un viajero que tiene su equipaje esparcido por todos los asientos. Le decís: «¿quiere usted hacerme el favor de dejarme un sitio?» Replica: «No; he comprado estos sitios.» «¿Comprado estos sitios?» «¿A. quién se los ha comprado usted?» «Se los he comprado al viajero que se marchó en la estación anterior.» Este es el modo como nosotros tratamos esta tierra nuestra.

¿No es una verdad axiomática, como Tomás Jefferson dijo. que «la tierra pertenece en usufructo a los vivientes», y que aquellos que han muerto la han dejado y no tienen facultad para decir cómo dispondremos de ella? ¡Derecho a la tierra! ¿Cómo puede obtener un hombre título alguno que haga propiedad suya la tierra?

Hay un sagrado derecho de propiedad, sagrado porque es conforme a las leyes de la Naturaleza, esto es, a las leyes divinas y necesario al orden social y a la civilización. Es el derecho de propiedad sobre las cosas producidas por el tra­bajo; dimana del derecho del hombre sobre sí propio. Lo que un hombre produce suyo es contra todo el mundo, para darlo o para guardarlo, para prestarlo, venderlo o legarlo; pero ¿cómo puede tener un derecho semejante a éste sobre la tierra, si ésta existía antes que él viniese? La reclamación individual sobre la tierra se funda ‘solamente en la apropiación. He leído en un número reciente de la Nineteenth Century, probablemente alguno de vosotros lo habéis leído también, un artículo suscrito por un ex primer Ministro de Australia, en el que se hace una pequeña historia que atrajo mi atención. Se trata de un hombre llamado Galahard, el cual en los primeros días subió a la cumbre de un alto monte en una de las más hermosas comarcas del Oeste australiano. Pué allí, miró en torno e hizo esta declaración: «Toda la tierra que se ve alrededor de la cima de este monte es mía; y toda la tierra que está fuera del alcance de la vista es de mi hijo Juan».

Esta anécdota es de universal aplicación. Los derechos sobre la tierra en todas partes vienen de una apropiación semejante a ésta. Ahora bien, bajo ciertas circunstancias la apropiación puede dar un derecho. Invitáis a unos cuantos caballeros a comer y les decís: «siéntense, señores». Y yo me siento en esta silla. Pues este asiento, por el tiempo que lo ocupo es mío por derecho de apropiación. Sería muy poco caballeroso, sería muy injusto que cualquiera de los demás invitados se levantara y dijera: «levantaos de ese asiento, necesito sentarme ahí». Pero este derecho de posesión, que es legítimo en cuanto concierne al asiento durante algún tiem­po, no puede darme derecho a apropiarme todo lo que está sobre la mesa, ante mí. Conviniendo en que un hombre tiene el derecho de apropiarse tanta parte de los elementos natura­les como puede usar, ¿tiene algún derecho a apropiarse más de Jo que puede usar? ¿Tiene un invitado, en un caso como el que imaginé, derecho a apropiarse más de lo que necesita y a hacer que otros se queden en pie? No tiene ninguno.

Pues bien, mirad toda esta comarca. contemplad toda esta ciudad y cualquiera otra ciudad. Si los hombres toman sólo lo que necesitan usar tendremos para todos bastante; pero toman lo que en absoluto no necesitan usar. Aquí hay unos cuantos ingleses que vienen y adquieren títulos sobre nuestra tierra en vasta escala; ¿para qué necesitan nuestra tierra? No la necesitan de ningún modo; no es la tierra lo que necesitan; ellos no van a utilizar la tierra americana. Lo que necesitan es la renta que ellos saben que pueden obtener de ella dentro de poco. ¿De dónde viene esa renta? Viene del trabajo, del trabajo de los ciudadanos americanos. Lo que nos­otros vendemos a esa gente son nuestros hijos, no la tierra.

Miseria. ¿Puede dudarse de su causa? Id a los países viejos, id a la Irlanda occidental, a los highlands de Escocia; son sociedades completamente primitivas. Encontraréis allí gente tan pobre como se puede ser, que come años tras año harina de maíz o patatas y padece a menudo hambre. Podría haceros la patética historia de muchos. Hablando con un médico escocés que me decía cómo esta penuria va produ­ciendo entre esa gente una enfermedad semejante a la que por iguales causas devasta a Italia <la pelagra), le decía: «Allí hay mucho pescado; ¿por qué no pescan? Allí hay mucha caza. Sé que las leyes están contra ellos, pero ¿no podrían cogerla furtivamente?» «Esto, me replicó, no les pasará nunca por la cabeza. Porque si se sospechara de un individuo que le gustaba una trucha o una gallina, tendría que marcharse inmediatamente». No hay dificultad alguna para descubrir lo que hace pobres a estos pueblos. No tienen derecho a nada de lo que les da la Naturaleza. Todo lo que ellos pueden obtener sobre lo indispensable para la subsistencia deben entregarlo como pago al propietario de la tierra. No sólo tienen que pagar por la tierra que utilizan, sino que tienen que pagar por las algas que vienen a las playas y por los juncos que arrancan del pantano. No se atreven a mejorar, porque cualquier mejora que hacen es un pretexto para ele­varles la renta. Este pueblo, que trabaja afanosamente, vive en chozas, y los propietarios, que no trabajan nada, ¡oh! esos viven lujosamente en Londres o en París. Si tienen allí apeaderos de caza, son castillos magníficos, comparados con las chozas en que viven los hombres que hacen la obra. ¿Hay alguna duda sobre la causa de la miseria allí?

Ahora bien; id a las ciudades y ¿qué veréis? Pues veréis una miseria aún más profunda; si yo quisiera señalaros los peores males del monopolio de la tierra, no os llevaría a Connemara; no os llevaría a Skye o Kintyre; os llevaría a Dublin o Glasgow o Londres. Allí hay algo peor que los padecimientos físicos, algo peor que la inanición; y es la degradación del espíritu, la muerte del alma, esto es lo que encontraréis en aquella ciudad.

Pues bien, ¿cuál es la causa de esto? Se ve fácilmente; la gente arrojada de la tierra en el campo cae en los suburbios de las ciudades. A medida que los hombres son arrojados de la tierra campesina, disminuye la demanda de fas cosas producidas por los trabajadores de las ciudades; y el hombre mismo, con su mujer y sus hijos, se ve obligado a competir con estos trabajadores de cualquier modo, por una mísera existencia, y fuerza a bajar los salarios. Debe encontrar tra­bajo o fenecer; debe encontrar trabajo o hacer lo que aque­llas gentes temen más que a la muerte, mientras conservan sentimientos levantados: ir a un asilo. Esta es la razón de que aquí, como en la Gran Bretaña, las ciudades tengan una superpoblación. Abrid la tierra que está cerrada, que está poseída por los perros del hortelano, quienes no la utilizan por sí mismos y no dejan a nadie que la utilice, y no veréis más emigración ni oiréis ya hablar de superproducción.

¡El completo absurdo de la propiedad privada de la tierra! Desafío a que nadie me indique ningún bien que de ella venga, búsquelo como quiera. Id a las nuevas tierras, que primera­mente llamaron mi atención, o id al corazón de la capital del mundo, Londres. En todas partes, cuando vuestros ojos estén abiertos, veréis su iniquidad y su absurdo. No tenéis que ir más allá de Burlington. Tenéis aquí un hermosísimo espacio para la ciudad, pero la ciudad en sí misma, compara­da con lo que debiera ser, es una miserable, una destartalada ciudad. Un señor me mostró hoy un gran hoyo en medio de una de vuestras calles. El lugar había sido rellenado en torno de aquél, pero quedaba el hoyo. No era ni bonito ni útil. ¿Por qué seguía allí el hoyo? Pues seguía porque alguien lo consideraba como su propiedad privada. Hay un hombre, me decía este señor, que desea igualar otra porción de terreno y necesita un sitio para ir echando los escombros que quitase de allí, y ofreció comprar este agujero con el fin de relle­narlo. Ahora bien, sería bueno para Burlington verlo relleno, bueno para todos. Vuestra ciudad tendría mejor aspecto y vosotros no correríais el peligro de caer dentro de él en algu­na noche obscura. Mi amigo me enseñó otro hoyo parecido que se había ido llenando de agua, y me dijo que se habían ahogado en él dos niños. También me contó que, hace años, un borracho se había caído en un hoyo igual a ese y había seguido un proceso contra la ciudad, proceso que costó a vuestros contribuyentes unos 12.000 dollars. Claramente se ve el interés de todos en rellenar el hoyo. El hombre que quería rellenarlo ofreció al propietario 300 dollars. Pero el propietario rehusó la oferta y declaró que no cedería hasta que le dieran mil, y entretanto ese feo y peligroso hoyo subsiste, Esto no es sino un ejemplo de lo que es la propiedad privada de la tierra.

Podéis ver lo mismo en todo este país. Ved cuán dañosamente afecta a los caminos y a las distancias entre los pue­blos esta idea de la propiedad privada de la tierra en los distritos rurales, Un hombre no toma la tierra que necesita, la que ha de usar, sino que toma toda la que puede, y la consecuencia es que su vecino más próximo tiene que alejarse. Y la gente está separada una de otra más de lo que debiera estar, aumentando las dificultades de producción y con pérdida de la vecindad y la compañía. Tienen que con­servar más caminos de los que razonablemente pueden con­servar; tienen que trabajar más para ganar lo mismo y la vida es en todos sus aspectos más difícil y más triste.

Cuando venís a la ciudad pasa precisamente lo contrario. En el campo la gente está demasiado diseminada. En las grandes ciudades demasiado aglomerada. Id a una ciudad como Nueva York y allí están apelmazados como sardinas en lata, viviendo familia sobre familia, unas sobre otras. Es totalmente antinatural y antihigiénico. ¿Cómo podéis tener algo que se parezca a un hogar en una habitación de dos o tres cuartos? ¿Cómo pueden los niños criarse saludables sin un sitio para jugar? Hace dos o tres semanas leí que un juez de Nueva York impuso cinco dollars de multa a dos chicue­los que jugaban a la pata coja en medio de la calle; ¿en qué otro sitio podían jugar? La propiedad privada de la tierra les ha robado todo sitio para sus juegos. Hasta un hombre mo­derado que estudió el asunto dijo que, en su opinión, los pala­cios de máquinas de Londres eran un bien positivo allí porque permitía a la gente albergada en cuartos obscuros y pequeños ver alguna claridad, y esto les preservaba de volverse Jacos.

¿Cuál es el motivo de esta superpoblación de las ciudades? No hay ninguna razón natural. Ved Nueva York; la mitad de su superficie está sin edificar. ¿Por qué, pues, tiene la gente que apelmazarse de ese modo? Únicamente a causa de la propiedad privada de la tierra. Hay mucho sitio para construir casas y mucha gente que desea construir casas; pero antes de que nadie pueda construir una casa hay que pagar un buen precio a algún perro del hortelano. En muchos casos cuesta más adquirir el solar sobre el que construir la casa que la construcción misma y después, ¿qué le ocurre al que paga ese alto precio y construye la casa? Encima viene el recaudador de tributos y le multa por haber construido. Así ocurre en todos los estados Unidos: los hombres que hacen mejoras, los hombres que convierten las praderas en granjas y los desiertos en jardines, los hombres que embellecen vuestras ciudades son gravados y multados por haber hecho estas cosas. Ahora bien, nada es más claro que el que el pueblo de Nueva York necesita más casas. Y creo que aun aquí, en Burlington, estaríais mejor con más casas. ¿Por qué, pues, mulláis al hombre que las construye? Con­templad toda esta comarca: la carga del impuesto gravita sobre el que hace mejoras; el hombre que levanta un edificio o establece una fábrica o cultiva una granja es gravado por ella; y no únicamente gravado por ella, sino que creo que, de cada diez casos en nueve, la tierra que utiliza, la tierra sola está gravada más que el lote vecino o los 160 acres de al lado que cualquier especulador conserva como un simple perro del hortelano, no utilizándolo él por sí mismo y no permitiendo a nadie que los utilice.

Estoy extendiéndome demasiado, pero dejadme puntualizar en pocas palabras el modo de verse libre del monopolio de la tierra, garantizando el derecho de todos a los elementos que son necesarios para la vida. Nosotros no podemos di­vidir la tierra. En un primitivo estado de la sociedad, como entre los antiguos hebreos, dando a cada familia su lote y haciéndolo inalienable conseguiríamos algo semejante a la igualdad. Pero en una civilización compleja esto no bastaría. No hay, por consiguiente, que dividir la tierra. Todo lo nece­sario es dividir la renta que procede de la tierra. De este modo podríamos conseguir una absoluta igualdad, y la adopción de este principio no implicaría ni un choque demasiado rudo ni un cambio violento. Se puede implantar gradual y fácilmente aboliendo los impuestos que hoy recaen sobre el capital, trabajo y mejoras y obteniendo todas nuestras rentas públicas por el impuesto sobre el valor de las tierras. Y mientras más lo penséis más claramente veréis que en todos sus aspectos posibles sería éste beneficioso.

Ahora bien, suponiendo que aboliéramos todos los otros tributos directos e indirectos, substituyéndolos por un impuesto sobre el valor de las tierras, ¿cuál sería el efecto? En primer lugar mataría los valores de especulación, trasladaría el peso del tributo desde las partes más nuevas del país a las partes más ricas. Exceptuaría de la tributación al trabajador y haría pagar más a las grandes ciudades. Eximiría a la energía y a la iniciativa, al capital y al trabajo de todos los gravámenes que ahora pesan sobre ellos. ¡Qué impulso daría a la producción. En segundo lugar podríamos con el valor de la tierra pagar, no sólo los actuales gastos públicos, sino infinitamente más. En la ciudad de San Francisco, James Lick dejó unos pocos pedazos de tierra con destino a usos públi­cos, y la renta suma tanto, que con ella se construirá el más grande telescopio del mundo, amplios baños públicos y otros edificios públicos y varios costosos monumentos. Si en vez de esos pocos pedazos se hubiera aplicado a San Francisco todo el valor de la tierra sobre que se ha construido la ciudad, ¿qué no podría hacerse?

Así, en esta pequeña ciudad donde la tierra es muy barata comparada con ciudades como Chicago y San Francisco, podríais hacer muchas cosas en beneficio común y públicas mejoras si os apropiarais con fines públicos el valor de la tierra que ahora va a los individuos. Podríais tener una gran biblioteca pública. Podríais tener una galería de Arte; podríais haceros un parque público, un magnífico parque público. Disponéis de uno de los más hermosos parajes naturales que yo conozco para hacer una bella ciudad, y he viajado mucho. Podríais hacer una ciudad tal, que fuera un gozo vivir en ella. No lo haréis si seguís como ahora; no. Porque precisamente el hecho de que tengáis un magnifico paisaje, será causa de que algunos se aferren a esa tierra que domina el paisaje y exijan muy altos precios por ella. El Estado de Nueva York necesita comprar una lengua de tierra que permita a la gente disfrutar de la vista del Niágara, pero ¿qué precios tiene que pagar por ella? Mirad a todas las grandes ciudades; en Fila­delfia, por ejemplo, para construir su gran Ayuntamiento han tenido que cerrar las únicas dos grandes calles que había en la ciudad. Por dondequiera que vais encontráis cómo la propiedad privada de la tierra impide lo mismo las mejoras públicas que las privadas.

Pero no tengo tiempo para entrar en más detalles. Puedo sólo pediros que meditéis sobre este asunto, y mientras más lo hagáis más veréis su conveniencia. Como un inglés amigo mío dice: «ningún impuesto y una pensión para cada cual»; y ¿por qué no había de ser? Tomar el valor de la tierra para fines públicos no es realmente imponer un tributo, sino tomar para fines públicos un valorcreado por la comunidad. Yaparte de los recursos que podríamos obtener así de la propiedad común, podríamos sin deprimir a nadie suministrar lo bastante para garantir contra la necesidad a cuantos se vieran privados de sus naturales protectores o víctimas de algún accidente, o a cualquiera que fuese tan viejo que no pudiera trabajar. Toda esa charlatanería que se oye en algunos pun­tos de que se perjudica a la gente dándole lo que no ha ga­nado trabajando es una majadería. La verdad es que cualquier cosa que lastime la dignidad degrada y daña; pero si lo dais como un derecho, como algo a lo cual cada ciudadano tiene un título, eso no degrada. Las escuelas de caridad degradan a los niños que a ellas se envían; pero las escuelas públicas, no.

Pero todos estos beneficios, aunque grandes, serían inci­dentales. Lo grande sería que la reforma que propongo tendiera a abrir oportunidades al trabajo y capacitaría a los hombres para emplearse a sí propios. Esta es la gran venta­ja. Ganaríamos los enormes poderes productivos que se despilfarran en todo el país; el poder de los brazos ociosos, que trabajarían alegremente; y, removido esto, veríais comenzar a subir los salarios. No es que todo el mundo se convirtiera en labrador o que todos se construyeran por sí propios una casa si tenían oportunidad para hacerlo, sino que podrían y querrían tantos cuantos fueran necesarios para disminuir la presión del mercado de trabajo y proporcionar ocupación a los demás. Y a medida que fueran subiendo los salarios a más alto nivel veríais aumentar los poderes productores. El país donde los salarios son altos es el país de poderes pro­ductivos más grandes. Donde los salarios son más altos la invención es más activa, el trabajo más inteligente, mayor el campo para el ejercicio de la actividad. Cuanto más penséis esto más claramente veréis que es verdad lo que os digo. No puedo esperar convenceros hablándoos durante Una o dos horas, pero me daré por satisfecho si os incito a la indagación. Pensad por vosotros mismos; preguntáos si este universal hecho de la miseria no es un crimen y un crimen del cual cada uno de nosotros, hombres y mujeres. quienes no hagan cuanto puedan para llamar la atención acerca de él y procurar disiparlo, somos responsables

English: The Crime of Poverty

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